Aday caminaba junto a su madre por el pasillo del servicio de Alergología del hospital de Salamanca. "'Hoy es mi día de suerte!", iba diciendo el pequeño, feliz porque acababa de saber que se había librado del pinchazo que esperaba en consulta; sería suficiente con soplar. Poco después comprobaría que la mañana le iba a salir redonda, porque lo que había en la Sala de Pruebas Infantiles era un microscopio al que el niño pudo asomarse para conocer de cerca algunas de las partículas biológicas que complican el día a día de los pacientes alérgicos.

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