Opinión Por César Brito (@CesarBritoGlez)* Jueves, 18 Julio 2019 08:06
= CUADERNO DE UN EXTRATERRESTRE =

Corre, etiquétame

*Periodista

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Me encantaría poder escribir de otro tema en esta página del cuaderno. Por una parte, porque ya lo he hecho en otros muchos espacios similares a lo largo de los años y temo ser reiterativo. Por otra, porque otros compañeros y compañeras están haciendo lo propio en distintos marcos y plataformas y me gusta aportar cosas nuevas. Pero me veo obligado, sinceramente.

Cesar Brito opinion

Nadie me ha puesto una pistola en el pecho para hacerlo, es cierto, pero la realidad es la que es y la reiteración y el «activismo» se hacen aún necesarios, como ahora explicaré. Debo reconocer también que afronto la redacción de esta columna con algo de prevención. Ante los ofendidos de turno, las polémicas en redes sociales y la gente del «conmigo o contra mí». La suerte que tengo, en este caso, es que este espacio es de opinión. La mía, en concreto. Y que dudo que alguien pueda cuestionar mi conocimiento del tema, eso también.

A lo que vamos. ¿Qué hostias pasa con el etiquetado de las personas? Quiero decir: ¿A qué viene esa necesidad de «encasillar» a la gente en determinados cubículos lingüísticos y conceptuales? O, lo que es lo mismo desde el otro extremo de la ecuación, ¿por qué existe ese pánico a ofender a alguien si llamamos a las cosas por su nombre?

A los «extraterrestres», es decir, a las personas con discapacidad, nos dan más vueltas que a una rotonda antes de referirse a nosotros y a las realidades que nos acompañan de manera frontal y sin tapujos. ¿Por qué?

Para empezar, creo que todo el mundo debería referirse a quien tiene enfrente, de manera constante e inquebrantable, con la única etiqueta válida y universal: la de persona o ser humano. No siempre es necesario ir más allá. Con el nombre de pila debería bastar. Si hay que hacer referencia a una condición física o psíquica particular –en este caso, a una discapacidad– lo único que considero correcto es usar el término «persona con discapacidad». Punto. No hacen falta más apellidos que los que vienen en el DNI.

No somos «minusválidos», no. Tampoco somos «disminuidos». En ambos casos, la etimología de los términos habla por sí misma. Pero, ¡cuidado! En absoluto somos «personas con diversidad funcional» ni «personas con capacidades diferentes» o «personas con capacidades especiales».

¿Es que nos hemos vuelto locos? Todas las personas, absolutamente todas, tienen diversidad funcional porque desempeñan en su vida diaria diversas funciones, tanto físicas como mentales. Hacer referencia a esa falsa diversidad no hace otra cosa que ocultar bajo una abyecta capa de «buenismo» y corrección política una realidad incuestionable: la existencia de una discapacidad, la que sea.

Etiqueta opinionEl mismo argumento se aplica a las «capacidades diferentes». ¿Qué capacidades? ¿Y por qué diferentes? Mi madre tiene una capacidad de hacer las lentejas muy diferente de la mía, del mismo modo que yo tengo una capacidad para escribir bien diferente a la de Manolo, el tendero de mi barrio. Esa diversidad, esa diferencia intrínseca en tanto que homo sapiens distinguibles entre sí en un conjunto, se sobreentiende. O debería. Explicitar una «capacidad diferente» para hacer referencia a una discapacidad sin ofender es un ejercicio de estupidez supina.

No me ofende que te dirijas a mí como lo que soy: una persona con discapacidad. Me ofende que me discrimines en el trabajo; me ofende que me restes o me hurtes oportunidades para alcanzar una vida plena; me ofende que no presiones a tus representantes para que me ayuden a financiar un tratamiento o una adaptación para mejorar mi movilidad, si no me lo puedo permitir.

No me ofende que me llames «cojo», «manco», «ciego» o «mongólico», sobre todo si tu tono no es especialmente ofensivo o, sencillamente, está apoyado en la ignorancia. Me ofende mucho más que hagas increíbles esfuerzos por decir que soy una persona con «capacidades diferentes», como si fuera un súper héroe «especial», cuando en realidad te importa una mierda mi vida.

¿De qué me vale una etiqueta aparentemente integradora e inclusiva, si no haces el más mínimo esfuerzo por saber qué necesito o cómo veo las cosas? ¿Es efectivo un lenguaje aparentemente inclusivo si lo único que haces es ponerte la tirita antes de la herida, sin ir más allá, sin tratar de entender de verdad lo que es la discapacidad a la que haces referencia de modo «educado»?

El lenguaje crea nuestra realidad y puede cambiar percepciones y conciencias, es indiscutible. Pero al ritmo que el lenguaje necesita, no a la velocidad forzada que quieras imponer. El «activismo» debe ir en otra dirección, créeme. Dejemos de preocuparnos tanto por la ofensa de las palabras para ocuparnos urgentemente por la ominosa ofensa de los hechos y de la realidad. Menos palabras y más acciones. Las etiquetas, para los yogures del súper.

@CesarBritoGlez

 

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